Los
cambios físicos y cognitivos observados en la vejez son fácilmente
identificables, pero no resultan tan claros los relativos al procesamiento
emocional, que requieren de un adecuado planteamiento experimental para hacerlos
evidentes1. Los sentimientos negativos son
menos frecuentes en las personas mayores, mientras que los positivos se
incrementan o se mantienen constantes.
En
este sentido, se produce un sesgo positivo que genera un mejor recuerdo de la
información positiva frente al de la negativa. Estos cambios en la evaluación
cognitiva y emocional tienen implicaciones en la memoria.
La
evolución del efecto que ejerce la emoción sobre la memoria se refleja en las
diferencias encontradas según la edad en el procesamiento de la información emocional.
Los sujetos adultos jóvenes tienden a reconocer un mayor número de estímulos
visuales negativos que positivos, pero conforme nos hacemos mayores este patrón
de respuesta se invierte. Todos estos cambios, que dentro del envejecimiento no
patológico modulan la interacción con el entorno, son importantes para mantener
la calidad de vida del anciano y le permiten orientar la satisfacción personal
al recuerdo de lo positivo. En la enfermedad de Alzheimer (EA) el estado
afectivo se deteriora progresivamente desde la etapa asintomática hasta la fase
terminal. Los pacientes ya no perciben su entorno con la misma base emotiva que
antes de enfermar, y es posible que este nuevo estado afectivo sea progresivo y
detectable de manera previa, mediante un análisis básico de los déficits en el procesamiento
de la información emocional que evolucionarán a un mayor grado de deterioro
cognitivo y emocional durante el transcurso de la enfermedad. La pérdida de
memoria es uno de los primeros síntomas de diagnóstico en la EA y por lo tanto,
con base en el razonamiento anterior, las diferencias respecto a la población
normal en el recuerdo de la información emocional (valencia y arousal) podrían estar
presentes de manera previa a cualquier otro síntoma.
En
este trabajo analizamos el papel de la emoción en los déficits de memoria
encontrados en pacientes con EA. Partiremos de la estructura dimensional de las
emociones, entendiendo así el deterioro emocional como un déficit en la
capacidad de procesar adecuadamente la activación y la valencia de determinados
estímulos, lo que repercutiría, a su vez, en el inadecuado procesamiento cognitivo
de la información. Por último, presentaremos de manera más sistemática las
condiciones que, con base en los datos consultados, pensamos que deberían
reunir las pruebas que pretendan contrastar las hipótesis con las que iniciamos
este trabajo, y que en último término podrían integrarse de manera efectiva en
el campo del diagnóstico, punto éste de vital importancia para mejorar el
tratamiento y, por consiguiente, la calidad de vida del enfermo de Alzheimer.
Enfermedad
de Alzheimer
La
demencia conlleva déficits en las capacidades cognoscitivas que afectan a la
funcionalidad del sujeto hasta el punto de interferir en su vida social y/o
laboral.
Es
considerado un síndrome clínico de deterioro cognitivo adquirido producido por
una disfunción cerebral.
Para
el diagnóstico de la EA se requiere cumplir los criterios clínicos, descartar
otras causas posibles y confirmar un inicio gradual y progresivo. La alteración
de la memoria es una condición necesaria para el diagnóstico de la demencia y
se configura como el síntoma inicial más grave de esa patología. En concreto,
la memoria de reconocimiento, junto con la prospectiva y la procedimental, son
las más deterioradas en pacientes con demencia tipo Alzheimer. En los primeros
estadios de la enfermedad los déficits cognitivos se relacionan con la
disminución de los volúmenes de la sustancia gris de determinadas regiones cerebrales,
entre ellas la amígdala y el hipocampo.
Estudios
que utilizaban la imagen por resonancia magnética han encontrado que la atrofia
del hipocampo y la amígdala en personas de edad avanzada sin deterioro
cognitivo se relaciona con una mayor probabilidad de padecer la enfermedad en
el futuro. La amígdala está involucrada en la modulación de la memoria, pues
mejora la funcionalidad de las regiones del lóbulo temporal medial que
conforman el sistema de memoria y que permiten que las imágenes de contenido emocional
se recuerden mejor que las neutras.
Los
pacientes con EA muestran déficits en la memoria de acontecimientos emocionales
que se justifican por el deterioro de esta estructura.
Reconocimiento
de la expresión emocional en la enfermedad de Alzheimer
Los
pacientes con daños bilaterales en la amígdala tienen dificultades para el
reconocimiento de la expresión emocional, especialmente la de miedo y cólera.
Dado
que los pacientes con EA muestran una significativa atrofia de la amígdala, es
coherente pensar que manifiestan de la misma manera un deterioro en el
reconocimiento de la expresión emocional similar al encontrado en los pacientes
con daños bilaterales de la amígdala.
Varios
trabajos parecen confirmar este supuesto. Un estudio longitudinal sobre la
percepción de expresiones emocionales en pacientes con EA y demencia
frontotemporal evidenció que los primeros muestran un deterioro en el
reconocimiento de las expresiones faciales emocionales que aumenta en el
transcurso de la enfermedad y puede explicarse por el progresivo deterioro de
la amígdala. Este deterioro gradual puede observarse en la menor dificultad
que presentan los sujetos con deterioro cognitivo leve en comparación con los
pacientes con EA en tareas de reconocimiento de la expresión emocional, y que
podría reflejar la degeneración progresiva de las estructuras cerebrales que
modulan el procesamiento emocional. Ante estos datos, resulta claro que se
produce un deterioro progresivo en el procesamiento de la información emocional,
y de manera concreta en el reconocimiento del contenido emocional de la
expresión facial y la prosodia.
De igual manera existen muchos trabajos que
evidencian dificultades iniciales de la memoria, y cabe esperar, dada la
atrofia que sufren las estructuras cerebrales que sustentan la emoción
(amígdala) y la memoria (hipocampo), que se reflejen déficits no sólo en la
funcionalidad de estos procesos por separado, sino también en la función de
consolidación que ejerce la emoción sobre la memoria; es decir, sobre el
recuerdo de la información emocional, y de manera específica a través de la
potenciación a largo plazo (LTP, del inglés long-term potentiation), como sustrato neural que sustenta esta
interacción.
Interacción
entre memoria y emoción
La
LTP se define como el incremento sostenido en la eficacia de la transmisión
sináptica tras la estimulación de una vía aferente con impulsos eléctricos de
alta frecuencia.
Este
mecanismo se ha propuesto como modelo celular para explicar los procesos de
aprendizaje y
memoria16,
basándose en que produce un cambio duradero que se ha descrito en el hipocampo.
Los estudios de reforzamiento conductual de la LTP evidencian que este proceso podría verse influido por la
emoción y la motivación, de forma que se establecerían dos factores
determinantes implicados en la memoria: cambios de transición en la eficacia de
la transmisión sináptica y un componente emocional que la consolida y la hace
perdurar.
El
sustrato neurológico que subyace a este planteamiento tiene como estructuras
principales la amígdala y el hipocampo, que participan de manera conjunta en
los estados iniciales de la formación de la memoria y en su recuperación. Con
esta base estructural y funcional de la interacción entre memoria y emoción y
tal como plantean Almaguer y Bergado, se puede aprender algo si se repite una
y otra vez (cambios de transición en la eficacia), pero este proceso se
simplifica con la presencia de un estado emocional adecuado y una alta
motivación (consolidación de los cambios). Durante el envejecimiento se
deteriora el reforzamiento de la LTP mediante la estimulación eléctrica de la
amígdala18, lo que sugiere un deterioro del procesamiento emocional.
Dada
la alta prevalencia de alteraciones emocionales como consecuencia del
envejecimiento y la posibilidad de que éstas afecten a las capacidades
cognitivas de los ancianos, se hace necesario el desarrollo de nuevas
estrategias de tratamiento y atención que logren mejorar la calidad de vida de
esta población.
Pero
también se plantea la cuestión de cómo se ve afectado este deterioro natural
del efecto de la emoción sobre la memoria, a través del reforzamiento de la LTP
por la amígdala, cuando se inicia un proceso degenerativo como la demencia. En
este sentido se han observado pérdidas en las neuronas de la amígdala en las fases
iniciales de la EA y una alteración de la reactividad emocional,
de lo que se deduce que con un adecuado planteamiento metodológico se podrían
observar cambios susceptibles de análisis en este proceso de manera previa al
inicio de los síntomas. Esto nos lleva a plantearnos la siguiente cuestión:
¿pueden utilizarse los deterioros en la memoria emocional para el diagnóstico
de la demencia tipo Alzheimer?
Varios
trabajos han abordado esta cuestión desde diferentes plataformas metodológicas.
La utilización de un método multinivel de inducción emocional que permita controlar
los niveles de activación y valencia de la información emocional (International Affective Picture System, IAPS)
resultaría idónea para comprobar el deterioro de los pacientes con EA en la
memoria emocional, porque permitiría discernir si el problema se deriva de un
déficit en el procesamiento de la valencia, de la activación o de su
interacción. En este sentido, en el trabajo de Abrisqueta-Gómez
No
se tuvieron en cuenta los niveles de valencia y arousal, y únicamente se evidenció que los enfermos no procesaban adecuadamente
la información emocional, sin aclarar en qué sentido se daba esta dificultad.
De igual manera en el trabajo de Drago sólo se midió la intensidad con
la que los enfermos valoraban el contenido emocional de las fotografías pero no
sus efectos sobre el recuerdo de dicha información. La aplicación de una metodología
en la que se controlen los niveles de activación y valencia, así como los
períodos de retención y codificación podría resolver estas cuestiones.
Conclusiones
La
capacidad del ser humano para recordar mejor la información emocional que la
neutra es un fenómeno aceptado. También se conoce la estrecha relación entre la
amígdala y el hipocampo en la consolidación de la memoria. El deterioro
emocional normal en las personas mayores se ha relacionado con una disminución de
las sensaciones de placer y una mayor dificultad en determinados aspectos del
procesamiento de la información emocional. En personas con EA, este deterioro emocional
previsible por la edad se ve exacerbado por una progresiva atrofia de las
regiones del lóbulo temporal medial que afecta a su memoria y la capacidad de
aprovechar las ventajas que el contenido emocional de la información aporta al
recuerdo.
En
este sentido, resultaría importante estudiar la emoción en sus niveles más
básicos, con la finalidad de entender cómo la adaptación normal del anciano a
través de las emociones se ve deteriorada en el inicio de la enfermedad. Como
hipótesis de partida respecto a este supuesto —y con base en los datos que
informan que el afecto positivo prevalece sobre el negativo en el
envejecimiento normal— es previsible encontrar una cambio en esta tendencia
respecto a la intensidad (arousal) o
cualidad (valencia) con la que los enfermos de Alzheimer procesan la
información emocional. Estos cambios, quizá sutiles en el inicio de la
enfermedad, podrían detectarse con pruebas que determinasen la memoria
emocional de manera fiable y en los términos que expresamos a continuación.
La
elaboración de pruebas que midan la influencia de la emoción sobre la memoria
como índice de diagnóstico en la EA deberían tener en cuenta:
a) la utilización de tareas de memoria que se adapten a las
limitaciones cognitivas del grupo de pacientes a estudiar. Para este fin se
recomiendan tareas de reconocimiento antes que de recuerdo libre, ya que
demuestran ser igual de sensibles con un menor requerimiento cognitivo, y
resultan recomendables para la medida de la memoria emocional;
b) métodos de inducción
emocional adecuados que permitan el procesamiento de los estímulos emocionales
de manera precisa y controlada, como el IAPS (del inglés International Affective Picture
System, Sistema Internacional de Imágenes Afectivas), que se ha mostrado
efectivo a la hora de delimitar patrones específicos de respuesta emocional a
estímulos en diferentes trastornos como la depresión, la ansiedad o la
esquizofrenia, y, por último,
c) la utilización de análisis que permitan
mayor precisión y sensibilidad, como los procedimientos utilizados con base en
la teoría de detección de señales, para la obtención de las medidas de
discriminación, A´28 y sesgo de respuesta, B´´D29, que se han mostrado
sensibles a los cambios en el procesamiento de la información emocional dependiente
de los niveles de valencia y activación4.
Sobre las evidencias recogidas en
esta revisión se justifica el planteamiento teórico de inicio y su proyección en
futuros trabajos, donde este tipo de metodología permitiría estudios de
neuroimagen que ayudarían a comprender mejor las bases biológicas de la
disfuncionalidad afectiva y, en concreto, respecto a la EA, permitiría
comprender mejor la relación entre el tipo de dimensión emocional alterada
(arousal, valencia) y la atrofia de diferentes estructuras cerebrales, con la
previsión de encontrar un marcador del inicio de la enfermedad en estadios
tempranos que refleje su deterioro, no a través de una sintomatología evidente,
sino mediante sutiles variaciones respecto a la población no patológica, que
pueden estar determinando el inicio y desarrollo posterior de la enfermedad, y
que pueden facilitar la investigación y el tratamiento neuropsicológico de la
misma. Sin duda esto repercutiría en la efectividad del tratamiento y en la
mejora de la calidad de vida de los pacientes.
No hay que perder de vista que la
emoción, y con mayor razón en la EA, es un proceso complejo y de alta prevalencia
en todos los ámbitos de la vida, que sin duda dan al ser humano la capacidad de
adaptación necesaria en el ámbito social y, al mismo tiempo, la complejidad
suficiente para que cualquier suposición al respecto deba tratarse con cautela
y con la única pretensión de participar en hipótesis más integradoras y generales.
En definitiva, el reto consiste en aclarar la relación funcional entre los
déficits y caracterizar los síntomas de forma precisa para facilitar su
explicación en términos de procesos cerebrales específicos.
Fernando Gordillo León Lilia Mestas Hernández, José M. Arana Martínez y Juan José García Meilán

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